Paciencia y astucia en el Ártico

Me cautivó desde el primer día que lo vislumbré a una distancia kilométrica. Era como una hermosa estrella fugaz con la que te sentías afortunada, pero tan sólo durante unos segundos. La magia desaparecía rápidamente. Pasaban los días y deseabas volver a tener esa misteriosa aparición. Cuando esto ocurría casi te daba miedo hasta de respirar, creyendo que tu hálito era el causante de la estampida de tan sutil criatura. 

Pasaron días, semanas creo, hasta que me atreví a coger la cámara e intentar capturarlo con el zoom…  Tenía miedo de que cualquier movimiento, de que cualquier ruido, pudiera perturbarlo antes de tiempo y robar así unos segundos del enigmático instante. Incluso con el zoom las fotos resultantes eran para tirar, un puntito en medio de la inmensidad de la tundra. Ese era mi anhelado zorro ártico que casi había que imaginar en la foto. 

Todo esto ocurría en el 2001 durante mi primera expedición a Svalbard, en concreto a 79ºN en el glaciar Austrelovenbreen, donde instalamos la primera de las estaciones de medida de descarga glaciar, de la red que actualmente tenemos en GLACKMA. Fueron casi tres meses de trabajo y trabajo y más trabajo y muchas veces sin el equipo adecuado para realizar esas tareas a la intemperie en aquel lugar, en aquel glaciar, en aquel río con agua casi helada… No os voy a hablar de esto ahora, si tenéis curiosidad lo podéis leer en el Diario Polar. Esta anotación es para centraros el momento, una expedición de casi tres meses de duración en medio de la naturaleza, integrados en ella completamente y con la mente en el trabajo por sacar adelante y por supuesto en el disfrute de la naturaleza, del entorno mágico del Ártico y rodeados de paz. 

Semana tras semana, con agrado iba comprobando que la distancia que me guardaba mi enigmático amigo se iba reduciendo. Cada metro que conseguía eliminar, sonreía en mi interior… Poco a poco y con paciencia, las fotos empezaron a salir. A lo largo de esos tres meses de verano pude comprobar cómo su pelaje estival -con tonos castaños y marrones para camuflarse al andar sobre la tundra- iba pasando al blanquecino del invierno que le permitiría pasar desapercibido sobre la nieve. 

Mi paciencia iba dando resultado, merodeaba ya el campamento, andaba entre las tiendas, primero cuando no estábamos por allá y después, incluso con nuestra presencia. En la cercanía había que tener un cuidado exquisito, cualquier movimiento un poco rápido implicaba perderlo a toda velocidad. Ahí, si que la respiración tenía que ser pausada… su sensibilidad era brutal, cuestión de supervivencia, ¡está claro! Cuando recibíamos tan grandiosa visita, me gustaba quedarme quieta, tumbada en la tundra observándolo, buscando sus ojos con los míos y a partir de ahí establecer una especie de conexión. Yo percibía que nos comunicábamos… 

Zorro ártico con el pelaje de verano

Cuando quedaban un par de semanas para dejar el campamento y finalizar la expedición, aparecieron unos franceses en una base cercana. Ellos estuvieron solamente unos pocos días y como habitaban en base y ahí no tenían problema con la posible visita del oso polar, llevaban comida “de verdad”. La nuestra era toda liofilizada para no atraer con el olfato al rey del Ártico pues seríamos deseables para él. Al irse nuestros vecinos franceses, les sobró un trozo de queso que nos regalaron. Si no habéis estado tres meses a base de cremas hechas con comida liofilizada, no sabéis lo que es desear un trozo de comida sólida para morder, masticar, digerir… 

Probé el queso, por supuesto, además es que ¡¡¡me encanta!!! Pero en seguida mi mente pudo más que el deseo y dio órdenes en mi interior para guardar mi ración y echarle un pulso a mi nuevo amigo ártico. Os imagináis, ¿no? Comencé a dejarle pequeños trocitos allí en medio del campamento… se acercaba y los comía. Poco a poco mi posición estaba más próxima a esos trocitos… el zorrito se acercaba, guardaba su distancia prudencial y después con un movimiento veloz y casi invisible, se los llevaba y los devoraba a la distancia a la que él consideraba de seguridad.

Teniéndolo así de mal acostumbrado a estos regalitos, llegó el gran día. Esta vez sólo un pedacito y lo tengo yo en mi mano, tumbada en la tundra… Así lo estaba esperando. Se acercó dejándome su entorno de protección, me rodeaba, me miraba, nos mirábamos, iba, venía… Yo allí quieta, casi sin respirar, con mi paciencia infinita y con la completa seguridad de que lo iba a tener cerca, muy cerca… No sé el tiempo que pasamos allí jugando los dos. Lo recuerdo ahora y sonrío, me emociono… 

Al final mi paciencia venció a su astucia, o mejor dicho, él sabía que no había peligro, en otro caso, no lo hubiera hecho. Yo tumbada, mi mano extendida con el trocito entre mis dedos. El zorro ártico, que tenía su pelaje ya muy gris blanquecino pues el verano estaba a punto de finalizar, se posicionó finalmente frente a mí. Nos miramos, con mis ojos le transmití que ese trozo era suyo, sólo tenía que cogerlo, nada iba a pasarle. Me entendió. Avanzó despacio, con su mirada siempre clavada en la mía. Sentí que me dejaba entrar en su mundo misterioso… Fue algo mágico. Agarró con sus dientes el trocito de queso con corteza, lo mantuve con fuerza un instante, las miradas se hicieron más penetrantes, después aparté la mía de la suya, miré al queso, aflojé la resistencia de mi mano y se llevó victorioso el trocito. 

Momento mágico en el Ártico

Al escribir estas líneas ahora -a pesar de la distancia en el tiempo- las sensaciones y emociones experimentadas las percibo en mi interior con la misma fuerza, capaces de conmoverme de nuevo y de provocar en mí un viaje en el espacio y en el tiempo e inmiscuirme de nuevo en aquellos mágicos e inolvidables instantes. ¡Qué fantástica es la naturaleza!

7 comentarios en “Paciencia y astucia en el Ártico”

  1. Cristina, Mónica, María Jesús, infinitas gracias por vuestras palabras, porque de verdad no os podéis imaginar el ánimo que me dan para seguir escribiendo, así a mi estilo libre, natural, amateur… tratando de transmitir lo que me llega de la naturaleza, de la vida… Gracias infinitas de corazón .

  2. El zorrito me encanta… y a mis alumnos también. Todos saben de su existencia. Cada curso les enseño las fotos y le recordamos… Nos observa desde la foto que de él tenemos en la pared de nuestro gimnasio… Es el zorrito de Karmenka, dicen… el que comía de su mano y roía los cables… El zorrito más bonito del mundo

    • Isabel, ¿qué puedo decirte? Solo lágrimas de emoción profunda afloran por mis ojos. Me quedé sin palabras. Tengo que ir a conocer a tus nuevos expedicionarios de este año… Los necesito ver…

  3. ¡Preciosa experiencia!
    Me imagino lo que sentiste y… es algo tan fuerte que… bueno, creo que hay que vivirlo para explicarlo. ¡Cómo me hubiese gustado ser protagonista de semejante experiencia!
    Lo malo, seguramente, sería la despedida, al tener que volver y dejar atrás esa experiencia mágica de conexión. Pero la vida sigue para cada uno y hay que dar gracias por llevar en nuestro interior una experiencia semejante.
    Te admiro por cómo haces posible que estás cosas ocurran y que las cuentes para que otros como yo, podamos sentir lo que tu sentiste aunque solo sea en mi imaginación. Gracias Carmen

  4. Emotivo relato! Me encantó tu historia relatada.
    Yo pude experimentar algo similar hace una semana en una reserva Natural en Mendoza, donde un zorrito se acercó muy sigilosamente a mí y sentí una emoción muy fuerte el poder conectar con esta criatura maravillosa!!!
    La naturaleza es tan mágica que a veces nos deja perplejos y sin palabras para describir dichas emociones y sensaciones.
    Gracias por atreverte a contarnos Karmenka.
    Admiro tus vivencias.
    Abrazote gigante

  5. Este artículo es para leer sin prisas. Dejarse llevar por la lectura y vivir en primera persona la magia del Ártico y la naturaleza.

    Espero que os guste y os transmita, aunque solo sea un poquito, la suerte que tenemos de vivir en La Tierra.

    Ojalá pudiera transmitir a las próximas generaciones, que no comentan los errores que nosotros hemos llevado a cabo en este maravilloso planeta…

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